El ingreso de agua dulce proveniente del embalse Convento Viejo ha destruido la producción de la temporada. El Estado debe intervenir económicamente para que este oficio centenario no desaparezca.
Hoy dirigimos nuestra mirada hacia la costa de nuestra Región de O'Higgins, específicamente a Cáhuil, a 15 kilómetros de Pichilemu. Allí, un oficio ancestral y el motor de la economía local está a punto de extinguirse, dejando a decenas de familias en el desamparo total.
Según un extenso reporte de Emol, los productores de la tradicional sal de Cáhuil están atravesando una de las peores crisis de las últimas décadas. Sus salinas, que requieren agua salada para operar, han sido inundadas por enormes cantidades de agua dulce provenientes del estero Nilahue. Los salineros apuntan directamente a un responsable, las operaciones y descargas del embalse Convento Viejo.
"Producción en cero" y la agonía de un patrimonio
El resultado de esta intervención externa es devastador, ya que se registró que la cosecha de esta temporada está prácticamente "en cero". Teresita Drago, vicepresidenta de la Cooperativa Campesina de los Salineros de Cáhuil, Barrancas y La Villa, explicó que este no es un problema nuevo. "Hace más o menos una década que venimos sufriendo afectaciones (...) producto de las externalidades negativas del embalse", detalló, confirmando que al menos 24 familias productoras directas (y toda una comunidad que vive del turismo en torno a la sal) se han quedado sin sustento.
Ante la gravedad del escenario, dirigentes salineros y el senador Juan Luis Castro (PS) se reunieron esta semana en Santiago con personal del Ministerio de Obras Públicas (MOP) y el biministro de Economía y Minería, Daniel Mas. La autoridad reconoció que el trabajo de centenas de años se ha ido a pique y se comprometió a "dar una respuesta en el corto plazo para apoyarlos", además de revisar junto al MOP la gestión de las aguas del cuestionado embalse.
Justicia para nuestros trabajadores costeros
Desde la redacción de Panga Noticias somos categóricos, porque no podemos permitir que las "externalidades" de las grandes obras de infraestructura estatal terminen asfixiando el trabajo artesanal de nuestras comunidades.
Como bien lo señaló el senador Castro durante la reunión, las soluciones estructurales para evitar que el agua dulce arruine las salinas no llegarán hasta la temporada 2026-2027. Por lo tanto, la ayuda que necesita Cáhuil es ahora. El Estado debe inyectar recursos económicos directos a estas familias para asegurar su sobrevivencia financiera y evitar que la centenaria sal de Cáhuil se convierta solo en un recuerdo en los museos.

